Siempre me miraba fijamente, algunas veces con odio como si tuviese ganas de estrangularme con sus manos y otras con impotencia como si yo fuera un complejo juego matemático.
Yo también lo miraba o más bien lo observaba, su físico menos grácil y más mórbido que al principio de nuestra relación, sus repetidos gestos y las pequeñas coreas que al principio eran graciosas pero después se volvieron en repulsivas coreografías físicas.
El cansancio de estar frente a él, de su presencia me ponía nerviosa y al final me daba asco vivir bajo el mismo techo pesado.
Todo el amor desapareció y no quedó odio en mi interior sino angustia, hastío y aburrimiento cuando pasaba las horas con él en aquel pequeño apartamento de Berlín a las orillas de río Spree.
No había conversación alguna ¿Para qué? ¿Qué nos íbamos a decir? Si ya nos habíamos dicho todo, sólo quedaba el silencio desértico entre nuestros corazones helados.
Nos pasábamos las noches enteras delante de la televisión viendo vidas ajenas para no ver nuestra negra y desastrosa vida.
Yo también lo miraba o más bien lo observaba, su físico menos grácil y más mórbido que al principio de nuestra relación, sus repetidos gestos y las pequeñas coreas que al principio eran graciosas pero después se volvieron en repulsivas coreografías físicas.
El cansancio de estar frente a él, de su presencia me ponía nerviosa y al final me daba asco vivir bajo el mismo techo pesado.
Todo el amor desapareció y no quedó odio en mi interior sino angustia, hastío y aburrimiento cuando pasaba las horas con él en aquel pequeño apartamento de Berlín a las orillas de río Spree.
No había conversación alguna ¿Para qué? ¿Qué nos íbamos a decir? Si ya nos habíamos dicho todo, sólo quedaba el silencio desértico entre nuestros corazones helados.
Nos pasábamos las noches enteras delante de la televisión viendo vidas ajenas para no ver nuestra negra y desastrosa vida.
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