domingo, 16 de agosto de 2009

VISTAS DESDE LOS RASCACIELOS DORADOS




Cada día iba al trabajo. Administrativo en una empresa de telecomunicaciones, pasando ocho horas aburridas ante un ordenador blanco de pantalla luminosa. Al llegar a casa ya tarde cenaba un bocadillo de queso prefabricado y veía la televisión con mi gato. Después me sentaba en el balcón y estaba unos minutos mirando el mar, el cielo y como las tonalidades amarillas del sol de desvanecían por las montañas. Cuando estaba ya cansado cerraba la persiana y me iba a la cama esperando otro día de oficinista apático.
Aquel día estaba eufórico, había quedado el fín de semana con Poline para ir a al playa. Iba en el metro mirando la luces de las paradas y del túnel como si fueran estrellas fugaces concordes con mi felicidad. Comí, ví la televisión y después me quedé parado ante el azul fluorescente que abarcaba toda la ciudad. Sonreía por aquellos minutos de gloria y belleza que presenciaba mis ojos. Cerré la persiana, los ojos y esperé al día siguiente para ir con Poline por la playa, acariciarla y besarla.
Abrí el balcón por la mañana y mi gran sorpresa fue que el paisaje visto cada día se había convertido en una mole de rascacielos que como un muro tapaba las vistas a la playa, a la tierra y el cielo. Los grandes edificios grises formaban una gran sombra en toda mi casa e inmediatamente cerré el balcón.
Presencié un vacío enorme en mi interior de hombre de vida moderna.

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