Su mirada caía al suelo como los pétalos de una flor marchita. Ella observaba sus píes caminando por las calles de Kreuzberg como si algún día de la tierra apareciera todas las respuestas a sus preguntas.
Fumando miraba a través de la ventana de nuestro apartamento aparentando una ancha tranquilidad sobre nuestra relación muerta y su retina se acostumbraba a la ciudad gélida y a nuestros silencios tortuosos.
Llegué a odiarla como ella a mí.
Y como si fuera un bunker fui imposible de adentrarme a sus pensamientos y a las sombras de su miedos.
La indiferencia entre nosotros llenó todos los rincones, cualquier situación de ambos nos daba igual, lo máximo que llegábamos a sentir era una cierta apatía. Y como un matrimonio de ancianos cansados el uno del otro en las comidas ya no nos mirábamos sólo veíamos la realidad evasiva que nos daba la televisión.
Fumando miraba a través de la ventana de nuestro apartamento aparentando una ancha tranquilidad sobre nuestra relación muerta y su retina se acostumbraba a la ciudad gélida y a nuestros silencios tortuosos.
Llegué a odiarla como ella a mí.
Y como si fuera un bunker fui imposible de adentrarme a sus pensamientos y a las sombras de su miedos.
La indiferencia entre nosotros llenó todos los rincones, cualquier situación de ambos nos daba igual, lo máximo que llegábamos a sentir era una cierta apatía. Y como un matrimonio de ancianos cansados el uno del otro en las comidas ya no nos mirábamos sólo veíamos la realidad evasiva que nos daba la televisión.
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