domingo, 30 de agosto de 2009

6- Un año azul - PASAPORTE AL INFIERNO


Vista de la Torre Agbar en Barcelona con Niebla

La niebla ya era habitual en nuestras vidas.
- Me han propuesto trabajar en Berlín. Creo que nos irá bien marchar de aquí. Ver otros mundos que no sean estas cuatro paredes con la dichosa vistas de la calle y la construcciones de los modernos rascacielos que nos acotan la vista al mar.
Sonríes. Eso significa que iremos a Berlín. ¡ Aunque te advierto que va a ser duro los inviernos !
Los abrazos de las últimas oportunidades son tiernos porque se piensa que se escapa del pasado y estamos llenos de esperanzas, aunque sabemos que siempre estamos encadenados a los recuerdos y la esperanza puede ser un túnel sin salida por los demonios que llevamos dentro.

- Un año azul- GRAFFITIS EN BERLÍN



Los muros ahora son pintados por artistas. En Shlessichestrasse en Berlín.

5- Un año azul - CORAZÓN DE HIELO


Schelssishestrasse nevado con graffittis de blublu.org, foto sacada de innerselves.wordpress.com


Las pocas veces que mostraba su estado anímico, era la rabia que se le acumulaba en los músculos de su rostro tensándolos de tal forma que sus venas rojas azuladas se acentuaban. Sus manos se engarrotaban y la uñas de los dedos como alfileres se clavaban en la carne de sus piernas de color blanquecino formando pequeñas heridas.
No gritaba, no decía nada. Sólo estaba en silencio sentada como un bloque de hielo. Quieta como una foto congelada a punto de quemarse en mis manos.
Sus ojos me miraban fijos como flechas a punto de disparase como si yo fuera el problema de su frustración por no haber llegado a la meta, como si yo fuera el culpable de nuestras míseras vidas, como si yo fuera el culpable de la esterilidad creativa. Pequeñas lágrimas secas surgían desplegándose por los pómulos. Ojos que no llorban de pena, de lástima o dolor sino de la cólera contenida.
Me levantaba del sillón y me iba del pequeño apartamento cerrando cuidadosamente la puerta. Entonces intentaba pasear por Schlessischestrasse hasta llegar Tretowerpark nevado, lleno de árboles desnudos.

4- Un año azul- BUNKER



Su mirada caía al suelo como los pétalos de una flor marchita. Ella observaba sus píes caminando por las calles de Kreuzberg como si algún día de la tierra apareciera todas las respuestas a sus preguntas.
Fumando miraba a través de la ventana de nuestro apartamento aparentando una ancha tranquilidad sobre nuestra relación muerta y su retina se acostumbraba a la ciudad gélida y a nuestros silencios tortuosos.
Llegué a odiarla como ella a mí.
Y como si fuera un bunker fui imposible de adentrarme a sus pensamientos y a las sombras de su miedos.
La indiferencia entre nosotros llenó todos los rincones, cualquier situación de ambos nos daba igual, lo máximo que llegábamos a sentir era una cierta apatía. Y como un matrimonio de ancianos cansados el uno del otro en las comidas ya no nos mirábamos sólo veíamos la realidad evasiva que nos daba la televisión.




domingo, 23 de agosto de 2009

3- Un año azul- EL ÚLTIMO BESO



Paseando por Alexanderplatz nos dimos un beso; el último.
El frío de septiembre nos cortaba los labios. La besaba apasionadamente cruzando los tranvías amarillos por nuestro lado.
Ella quieta mirándome quedamente como una estatua helada de mármol mientras nuestros labios sangraban de dolor.

martes, 18 de agosto de 2009

2- Un año azul -ENREDADO EN LAS IMÁGENES DEL PASADO




Me acuerdo como si fuera hoy del perfume en su vestido rojo, del aroma que desprendía su piel. También de las manchas circulares que dejaba su taza de té diario en los periódicos matutinos y como se abanicaba poéticamente mientras miraba plácidamente el atardecer canicular.
De forma violenta tengo que asumir que ella no está a mi lado. Que se fue sin despidos, ni besos, sin emociones tal como era ella.

domingo, 16 de agosto de 2009

1- Un año azul - EL TOCADOR DE SADE







Harta y hastiada de este mundo lo abandonó. Dejando de hablar a su familia y a sus amigos. Fue entonces cuando se adentró en los salones del placer y deleite del perfume carnal.

RASCACIELOS DORADOS



VISTAS DESDE LOS RASCACIELOS DORADOS




Cada día iba al trabajo. Administrativo en una empresa de telecomunicaciones, pasando ocho horas aburridas ante un ordenador blanco de pantalla luminosa. Al llegar a casa ya tarde cenaba un bocadillo de queso prefabricado y veía la televisión con mi gato. Después me sentaba en el balcón y estaba unos minutos mirando el mar, el cielo y como las tonalidades amarillas del sol de desvanecían por las montañas. Cuando estaba ya cansado cerraba la persiana y me iba a la cama esperando otro día de oficinista apático.
Aquel día estaba eufórico, había quedado el fín de semana con Poline para ir a al playa. Iba en el metro mirando la luces de las paradas y del túnel como si fueran estrellas fugaces concordes con mi felicidad. Comí, ví la televisión y después me quedé parado ante el azul fluorescente que abarcaba toda la ciudad. Sonreía por aquellos minutos de gloria y belleza que presenciaba mis ojos. Cerré la persiana, los ojos y esperé al día siguiente para ir con Poline por la playa, acariciarla y besarla.
Abrí el balcón por la mañana y mi gran sorpresa fue que el paisaje visto cada día se había convertido en una mole de rascacielos que como un muro tapaba las vistas a la playa, a la tierra y el cielo. Los grandes edificios grises formaban una gran sombra en toda mi casa e inmediatamente cerré el balcón.
Presencié un vacío enorme en mi interior de hombre de vida moderna.

AMNESIA - TRILOGIA, Atrapado entre las cuerdas de una guitarra





AMNESIA


Si podía Daniel iba siempre con la bicicleta después del trabajo, intentaba no coger el metro ni el taxi. Pero aquel día comenzó justo a llover a la hora de salir de aquel moderno rascacielos rojo que parecía una llama hecha de papiroflexia. Todos los oficinistas con sus uniformes de camisa azul iban a la boca del metro, la línea roja. En hora punta, en los vagones escaseaban los espacios vitales y los pasajeros se acumulaban como un ganado porcino sudoroso después de las horas de esclavitud en trabajos nada satisfactorios. Daniel odiaba tener su rostro al lado de otros y sentir la respiración, el jadeo y el aliento de aquellos seres que no conocía y que sólo los vería en un pequeño espacio de tiempo y después desaparecían de su vida para no volver jamás.
Subió a un taxi en la Plaza Europa. Aquella tarde no debía volver a su trabajo.
La lluvia le acompañó por toda la ciudad. Cuando Daniel ya llegó a su casa sopló de alivio y se descalzó, lanzando bien lejos los zapatos. Subió las persianas y miró como el cielo se iba volcando en un tapiz blanquecino y las nubes iban desapareciendo rápidamente. Un viento ligero sacudía las hojas verdes de los árboles. A lo lejos sin darle importancia estaba un enorme edificio antiguo de justicia y a su lado el Arco de Triunfo formado por ladrillos rojos.
Abrió la nevera, sacó una jarra de limonada. Después encendió la televisión. La presentadora hablaba del presidente de Estados Unidos. Después de beber el zumo, el vaso se quedó vacío y sólo sonaban los cubitos de hielo chocando entre ellos. Los ojos de Daniel continuaban mirando aquella muchacha de forma apática como leía una noticia que dentro de una semana ya sería historia y estaría archivada en las hemerotecas. Apagó la televisión quedando en fundido negro y un silencio gélido se generó en toda la casa.
No quería comer nada sólo estar sentado en el sillón leyendo el libro que le habían regalado para Sant Jordi. Tenía la mala costumbre de doblar las hojas y no colocar puntos de lectura. Pero no encontraba ninguna esquina doblada así que debió buscar donde se quedó la última vez. Encontró el párrafo donde el hijo traiciona a su padre el mismo día que empieza la guerra. Lo comenzó a leer por azar, muchas veces leía desordenadamente una novela. No sabía por qué “El tambor de hojalata” le estaba costando, cada frase era como un peldaño que debía subir y que no comprendía. Pero generalmente era así con todos los libros.
Empezó a fumar. El humo se doblaba entre las páginas como un oleaje enfadado. Su mirada se congeló en un punto muerto. Era una fotografía de una joven morena, de piel como el estaño, labios carnosos y ojos de forma de aceituna y color almendrados. Le desconcertaba cada vez más aquella muchacha. El cigarro ya consumido se cayó despacio al suelo mientras Daniel se levantó del sillón y se acercó para apreciar mejor aquella fotografía. La cogió y comenzó a mirarla. Jamás la había visto en su casa. Se extrañó pero la dejó en su sitio.
Sentado otra vez en el sillón quiso retomar la lectura, pero descentrado empezó por donde el personaje es modelo jorobado y no quiere saber nada del pasado, de los recuerdos.
Daniel levantó la cabeza para reflexionar sobre lo leído. Pero como antes su mirada se detuvo ante aquel rostro desconocido por él. Sus ojos rastrearon la habitación llena de fotografías. En todas estaba aquella mujer desconocida; sonriendo, seria, abrazada a él. Besándolo.
Le entró un pequeño mareo sujetándose en una mecedora. Su cara se contrajo, jamás había visto tal mobiliario en su casa.
Se comenzó a plantear si aquella vivienda era la suya. Suspiró de forma extraña con los dientes juntos enseñándolos. “Seguro que he puesto aquí la mecedora, cuando debería estar al lado de la ventana que es más apropiado. Y si estuviera en otra casa también me encontraría esta misma mecedora ya que toda la gente compra sus muebles en el mismo sitio, IKEA”.
Andó no muy convencido de lo que había pensado. Quería ir al lavabo para tomarse una aspirina para que le disuadiese de aquel dolor que cada vez le estaba aumentando como un martillo machacando piedras en un acantilado con grandes olas blancas en su cabeza. El pasillo era demasiado largo. Más largo y estrecho de lo normal. Caminaba despacio y es cuando se dio cuenta de que la puerta del lavabo estaba en su mano derecha cuando él recordaba con seguridad que estaba en la izquierda. La estructura de la casa había cambiado por completo. Como un gran mecano, las paredes, las puertas, las ventanas se habían movido a su antojo.
Entró asustado al lavabo, cerró la puerta y los ojos, intentando aliviarse pensando que lo que sucedía era un sueño. Tal como ocurría en las películas americanas de suspense o aquellas novelas existencialistas francesas de posguerra. Cuando Daniel abrió los ojos aún continuaba en aquella telaraña de problemas. Se había acentuado ya que los azulejos que dejó en la memoria no eran los mismos que los que en ese mismo instante estaba contemplando. El verde intenso se había convertido en un blanco inmaculado e impoluto. Daniel se enjuagó la cara con agua e inmediatamente se la secó con una toalla tirada en el bidé. Le costaba respirar cada vez más. Al final se miró en aquel espejo sencillo sin marco colgado en la pared. Su rostro estaba difuminado, como si hubieran esparcido vaho. Era imposible ver con claridad. Sus manos intentaban limpiar la opacidad, llegando al extremo de arañarlo. Pero cualquier esfuerzo era nulo, el rostro estaba envuelto en una nube que impedía ver su identidad.
Daniel comenzó a gritar de forma muy enfurecida. Voceaba e injuriaba. Salió del lavabo. El dolor de cabeza había aumentado de forma considerable. Como un ser irracional comenzó a romper papeles y tirar cualquier objeto que había por en medio. Sus frases ya no eran coherentes sino que eran un cúmulo de ladridos.
De repente paró su mecanismo de rabia, alguna cosa no funcionaba bien en su cuerpo. Tenía la sensación de que un poblado de hormigas invisibles corrían desesperadamente por sus manos. Respiraba cada vez más rápido y al mismo tiempo con más dificultad. La marabunta subía por los brazos llegando a la barriga. Aquella sensación de hormigueo se apoderó de toda la cara. Fue cuando Daniel se asustó y fue en ese justo momento cuando quiso pedir ayuda. Pero las extremidades y la lengua comenzaron a doblarse y entumecerse. Y es cuando se cayó al suelo desmayado.
De píe en la ventana después del percance que había tenido, se había calmado. Pero el problema de las ubicaciones de la casa y del espejo ahumado continuaba. Tragaba con fuerza saliva. Tenía una sensación de descontrol de la situación al no poder manejar todo aquel embrollo inexplicable a su razón , de sobreesfuerzo inhumano y sobretodo de impotencia.
Bajó a la calle a despejarse e intentar salir de aquella locura en que se había convertido su cabeza. Las miradas anónimas de los transeúntes que no le sugerían nada comenzaban a molestarle. Iba descalzo, pero no se daba cuenta. Sólo quería una explicación a todo lo que le estaba sucediendo.
Otra vez comenzó a injuriar como un loco, la gente se paraba a ver aquel espectáculo. Daniel ya había pasado de largo la línea roja ya que no sabía como se llamaba, ni quien era, ni donde estaba. Sus gritos eran de desesperación de un náufrago que pierde por completo todo en el hundimiento de su memoria.
Comenzó a correr por las calles llegando a perderse. Sus gritos eran escalofriantes como un cuchillo cortando el hielo en plena noche de enero.
La luz anaranjada de las farolas ya alumbraban las calles nocturnas de la ciudad. Daniel estaba acurrucado en una esquina meciéndose y gimiendo como un animal abandonado a su suerte. Sus ojos volcados en lágrimas impedían ver algo. Entonces empezó a escuchar voces, entre ellas la de una mujer que a continuación le acariciaba el cabello para relajarlo.
- Tranquilo Daniel- Susurraba aquella voz.- Nos iremos primero al hospital y después a nuestra casa.
Daniel abrió los ojos, lo primero que vio fue aquella cara femenina de aquellas fotos que le había perturbado por primera vez. Y después descubrió un grupo de gente con bata blanca que hablaba en voz alta pero que no podía entender nada y la policía a su alrededor que estaba acordonando la calle.
Otra vez aquella chica le susurró con mucho cariño:
- Has tenido una crisis de amnesia. Te han dado unos medicamentos para comenzar a recuperar la memoria. – Sonrió aquella cara armoniosa.- Es buena señal que hayas empezado a reconocer rostros como el mío. Hace poco te has referido a las fotografías que tenemos en el comedor. Hasta ya recuerdas mi nombre.
- ¿Cómo, si no sé quien eres?
- Hace unos segundos lo has pronunciado. “Sonia, otra vez no por favor” todo acongojado.
- Es muy extraño todo.
- Tranquilo que ya vienen los enfermeros que te llevarán al hospital. Dentro de poco estaremos en la cama durmiendo y mañana será otro día.
Daniel cerró los ojos en la camilla mientras se adentraba en la ambulancia.
Estaba ya más tranquilo en casa, ahora en un hogar que reconocía a la perfección, acompañado de su mujer, Sonia. Aquella muchacha de piel morena que estaba retratada con él en varias fotos puestas en los muebles y en la pared.
- Muchas veces tienes estas crisis de amnesia.- Sonia comenzó a explicarle.- Son extraños ataques que te dan y comienzas a olvidarlo todo. Al ser un caso tan excepcional los neurólogos indicaron a tu familia que gravase toda tu vida. Así tus padres comenzaron con la super ocho y siguieron con cintas de VHS. Siempre llevas una pequeña cámara en la solapa de la camisa que graba todos tus actos, además tu oficina y las autoridades nos ayudan con sus videos de seguridad.
Ahora toda la información está almacenada en el disco duro del ordenador y en los penraif. Aquí tienes el del día de hoy. Podrás ver toda la secuencia desde que te has levantado hasta las doce de la noche. Te veo un poco desconcertado. ¡Tranquilo, viendo los videos te ayudará a refrescar tu memoria! Puedes ver más días, pero recuerda que mañana tienes que trabajar.
La mujer besó a Daniel y se fue a dormir dejando a su marido en la mesa ante el ordenador encendido y el lápiz de memoria al lado. Las manos de Daniel cogieron como una barita mágica el pendraif e introdujo la parte metálica en la rendija del portátil. Comenzó a ver hora por hora el día que había vivido. Cuando empezó a llover a la salida del edificio rojo y subía a un taxi cruzando toda la ciudad. Vio sorprendido como él se encaraba con el taxista.
- No voy a pagar por haberme llevado por una calle llena de atascos. Debías haber conducido por las calles paralelas que estaban más descongestionadas.
- La única vía era esta. Así que deberá pagar o sino hubiese pensado antes de subir en un taxi.
- No me da la gana, perro sarnoso.
- Sal de este coche, facha.
Daniel abrió una ventana en el escritorio del ordenador donde se podía apuntar las horas. Escribió “15:11 a 15:19 horas”. Con tranquilidad su dedo apretó la tecla de suprimir. Aquella discusión con aquel taxista ya no existiría y si algún día quisiera ver aquel día no vería lo sucedido en la pantalla del ordenador.
La secuencia acababa con Daniel saliendo del taxi con un ligero movimiento de mano como si pagase al conductor.
Se levantó tranquilo con ganas de ir a la cama. Mañana sería otro día duro. Otro día donde acabaría por la noche ante el ordenador manipulando su historia.