Sería la última vez que se vería libre.
Ula se observaba atentamente ante el espejo. Se acariciaba con suavidad su pelo negro largo. Después con sus dedos comenzó a palpar el contorno de sus ojos. No veía ni una arruga. Con sus treinta un años se contemplaba completamente joven capaz de comerse el mundo entero, con más energía que cuando tenía veinte años.
Ula se había puesto un vestido negro acompañado por una gabardina y en su cuello llevaba un pañuelo de estampado floral.
Ese día el centro comercial estaba repleto de gente. Todo el mundo gritaba y gritaba queriendo gastar el salario que había sido ingresado el día anterior. Por las escaleras automáticas bajaban y subían los consumidores con sus bolsas de la compra. En los múltiples pasillos que había en el local que estaba situado el supermercado, las parejas miraban atentamente las cajas de alimentos, miraban con especial atención el precio y la caducidad. Mientras en esos pasillos rectos de estanterías repletas de comida el sonido de los megáfonos sonaban la música atentamente clasificada para consumir de una forma agradable. Intercalaban la voz desgarradora pero al mismo tiempo dulce de Amy Winehouse con la música del dinero cayendo de máquinas de Pink Floyd. Lo importante era coger los productos y ponerlos cuidadosamente en el carro metálico. La mirada pérdida de los hombres o de anonimato de las mujeres siempre en silencio o comentando con frases cortas y secas la compra hecha, se perdían en la multitud de la masa que se dividía en diversas colas para pagar. La cinta negra mágicamente exportadora llevaba la compra hasta una chica joven que había emigrado de Sudamérica y que recogía los productos para que el rayo laser rojo leyera los códigos de barra para después de una forma automática dijera lo que costaba. Todos salían con bolsas de plástico de aquel almacén a calles cubiertas repletas de tiendas de ropa o multicines para seguir el mismo ritual de gastar en aquel espacio de recreo del consumo que era el centro comercial.
Y en toda esa confusión de gente estaba Ula mirando una tetera ante una chica de rasgos agraciados. Continuamente miraba la tetera. Le gustaba y estaba dispuesta a pagar lo que le dijeran.
En aquel cuarto de hora ni Ula ni la dependienta entablaron ni una pregunta. Solamente Ula contemplaba con detenimiento aquella tetera. No había visto algo tan hermoso. La mitad superior estaba pintada con flores de pétalos que caían de forma sigilosa a un fondo de color marfil, que era la otra mitad. Era como si fueran flores en un estanco de agua reflejada por el sol de un atardecer tibio de invierno. Después se dio cuenta que la tetera no iba junta sino que iba acompañada de tazas, de un azucaredo y una pequeña jarra para la leche. Si se veía de lejos era como ver un pequeño jardín de petalos encaracolados de diversos colores. Ula ya soñaba con algún té para aquellas visitas especiales. Mientras miraba atentamente todo el conjunto la dependienta le preguntó de forma educada.
- ¿Quiere que le ayude en algo?
Ula pensaba que la tetera y todo el juego eran una antigüedad, que sus propietarios lo habían guardado y ahora por casualidad estaba a la venta al público en aquella tienda de aquel enorme centro comercial que vendían todo tipo de tés y artilugios para esta bebida. Soñaba que aquella tetera era de los años cincuenta.
- No; auque no va mal equivocada es una reproducción exacta que se ha hecho. Era el juego completo de tazas y tetera de un duque inglés o de algún escritor francés. Me da la sensación que me dijeron que era de …- La dependienta estaba callada pensando en adivinar en el nombre del duque o del escritor.- … ¡ Qué más da! Lo más importante es que puede comprar esta exclusiva tetera con grabados típicos de los años cincuenta tanto aquí como en Londres como en Estambul.
Está fabricada en China. Si hubiera sido una antigüedad sería imposible que estuviera en esta tienda. - Una larga sonrisa surgió de la cara de la dependienta. Era una cara redonda, con mofletes rosados y pelo rubio con rizos imposibles que se los recogía con un enorme pasador marrón casi roto.
- Aunque mi hebilla rota de pelo está hecha en China, no todo lo que se hace en ese país es malo. - dijo la chica con un ligero acento porteño.-Por ejemplo esta tetera y su conjunto es de una gran calidad.
Mientras hablaba la dependienta la cara de Ula expresaba un descontento enorme en el cual le causaba ganas de marcharse de aquel habitáculo que servía como tienda. Pero sabía que si no compraba, en su casa acostada en la cama tendría una angustia rozando la obsesión pensando en la imagen del primer momento que vio la tetera en el escaparate de aquella tienda diminuta.
- ¿ Cuanto vale?- Dijo Ula con tono ansioso.
- Mil euros.
Ula abrió los ojos de forma desorbitada. No se esperaba que valiese tan caro la tetera, el azucaredo, la lechera y las tazas. Así que se lo repensó y preguntó otra vez a la dependienta.
- ¿Y si me compro sólo la tetera, a cuanto me sube?
- Le saldría por unos cuatro cincuenta euros. – Ula continuó con su cara de sorpresa. La dependienta continuó hablando.- No se asuste. Pero puede ser una buena inversión. Hay mucha gente que ha comprado sólo la tetera y después la ha vendido por más precio como objeto de decoración. Lo sé a ciencia cierta. Yo no tengo plata para comprarme ni siquiera una taza. Pero sino me lo compraría todo el lote. ¡Es tan relindo!
Ula se lo estaba pensando de comprar el lote o irse a su casa. Pero la tentación le llamaba con sus ojos reflejados fijamente en la tetera y todos sus complementos. No sabía que hacer.
Al final se decidió y le dijo a la dependienta:
- Me lo compro, pero debería sacar los mil euros en alguna oficina bancaria cercana. ¿Sabes alguna que alla por aquí?
- Por supuesto. Detrás del gran rascacielo en forma de obús hay otro edificio alto. Allí deberá preguntar en que planta está la oficina bancaria. Mientras va a sacar el dinero yo envolveré todo el lote. La espero todo el tiempo que sea necesario.
Ula salió del centro comercial. El viento cada vez era más fuerte. Los árboles se doblegaban al son de los latigazos de las ráfagas del fuerte aire. Ula cruzo la avenida entre los coches y los tranvías. Detrás del rascacielo como un obús había grandes solares para construir rascacielos y unos cuantos edificios de fachada de vidrios. En ese momento se perdió no sabía a cual debía subir. Las calles estaban vacías y no había nadie. Continuó caminando y fue directa a uno de esos rascacielos de color transparente. En un rincón había una gran puerta de entrada del edificio con un señor con una americana fumando. Parecía un gran ejecutivo, le preguntó.
- ¿Es aquí la oficina bancaria?
Ula se dio cuenta que aquel señor no era ningún ejecutivo sino era un guardia de seguridad que vigilaba aquella torre de ventanales de cristal. Éste comenzó a reír.
- Todos los rascacielos están vacíos. Hasta el que yo vigilo sólo hay paredes gruesas de porspan. Si quiere ir algún lugar donde haya gente deberá ir al de a lado y subir hasta la décima planta. Allí verás un hombre trabajando y puede ser que sea la oficina bancaria que está buscando. Aunque ya le digo que todos estos edificios están vacíos para alquilar o para vender. – Continuaba sonriendo.- Tenga cuidado el temporal de viento cada vez será más fuerte. Pueden llegar ráfagas huracanadas.
Ula ya caminaba sin escuchar lo que le decía el guardia. En realidad debía tener cuidado con el viento ya que las motos se habían volcado al suelo y algunas barras metálicas de obras de solares vecinos iban solas por las calles como si espectros fantasmales las manejase sin ser vistas por la única persona que iba por la calle; por Ula.
Al entrar en el edificio de cristal azul como le indicó el señor de seguridad del otro edificio, se dio cuenta que todo estaba en obras o mejor dicho que hacía tiempo estaban de obras pero que lo habían abandonado sin acabar el trabajo. Así estaba esparcido por todas partes materiales de construcción; tornillos, martillos, cajas. Entre el polvo del abandono pasó Ula y fue directa al ascensor.
Tal como le dijo el señor de seguridad bajó en la décima planta. Al abrirse la puerta Ula se quedó más sorprendida que todo lo visto en la entrada del edificio. En el suelo hasta llegar hasta todos los rincones estaba invadido por pilas de hojas y carpetas de diversos colores. No había ni una pared sólo se podía verse una gran sala rodeada de ventanas de vidrio donde fuera ya era el exterior. Ni siquiera había fachada tradicional pensaba nerviosa Ula, sólo había ventana más ventana separadas por un finísima viga de hierro. La sensación que tenía la muchacha era vertiginosa y que todos los elementos de aquella enorme oficina incluida ella se irían desprendiendo poco a poco volando primero por los cielos hasta llegar al suelo quebrándose todo en mil pedazos.
Cuidadosamente Ula iba caminando entre las pilas de papeles hasta que una voz masculina, ronca y áspera le llamó la atención:
- ¿Qué quiere señora?
Ula giró su cabeza hacía donde provenía la voz y vio un hombre de su edad pero su apariencia era de unos cuarenta y cinco años y sobretodo lo que más le sorprendió a Ula fue la enorme barriga puesta en aquel cuerpo de cabeza pequeña, brazos delgados, piernas enjutas … que tenía el hombre y que era imposible de disimular con aquel traje elegante de estilo italiano. A final Ula contestó con otra pregunta.
- ¿Es la oficina financiera?
- Sí. Pero venga por donde yo le indique, estaremos sin pilas de papeles y más cómodos.
En el rincón donde llevó el hombre a Ula era un rincón con una mesa de madera con un ordenador y con dos sillas y a su alrededor continuaba con las mismas pilas de papeles y carpetas. Ula las miraba con extrañeza y miro al hombre para que le diese una respuesta a todo aquel desorden.
- Todos se asombran pero debería ir a los juzgados. Es allí donde hay más papel acumulado. Cada vez hay más morosos y despidos de trabajadores lo cual hace que se dispare la demanda de papel.
El hombre hablaba de forma diplomática pero entrelíneas se podía observar un tono de voz socarrona como instando a todos sus clientes que él era el que siempre dominaría la relación.
- Me llamo Señor Monedero y soy el nuevo director de esta oficina bancaria. Le atendré con todo el gusto - El Señor Monedero estrechó la mano de muchacha mientras su sonrisa sintética ofrecía su mejor dentadura de hiena e invitó a ésta que se sentara cómodamente y empezara a explicar su problema.
- Quiero pedir mil euros a esta entidad financiera. Es una cantidad pequeña y la puedo devolver en pequeños plazos. – Ula se puso muy nerviosa al ver que a continuación debía explicar porque quería los mil euros. Por una razón incomprensible se atascó en su discurso y comenzó a tartamudear. Sacó de su bolso el carnet de identificación y se lo dio al Señor Monedero, éste se lo había pedido mientras ella estaba hablando de su pequeño problema - Quiero esos mil euros para comprarme un juego de té.
- Veo que usted no está en ninguna lista de morosos – dijo el Señor Monedero mirando atentamente la pantalla de su ordenador.- Eso es buena señal.
- Entonces … - Dijo de forma dubitativa Ula, sonriendo de forma ansiosa mostrando sus dientes superiores.
- Entonces nada. - Dijo con un tono neutral el Señor Monedero que miraba constantemente la pantalla como si allí estuviera la clave que pudiera solucionar los problemas de Ula.- Ursula Fernández; trabaja hace más de siete años en dirección de empresa de una farmacéutica para la depresión nerviosa. Está soltera y su domicilio es el de sus padres. No tiene coche por lo tanto me imagino que viaja en tren o en metro por la ciudad. Pero lo más importante de toda esta lista de información que estoy leyendo es que su trabajo no está en peligro. Es una trabajadora no temporal. - La cabeza de Ula afirmaba constantemente lo que le decía el Señor Monedero.- Debemos hacer toda estas averiguaciones ya que antes éramos más confiados y dábamos el dinero a toda la persona que venía. Y nosotros muy tontos se lo dábamos y ahora me puede decir dónde está esa gente. No nos devuelven ese dinero porque son unos pobretones.- El Señor Monedero comenzó a reír.- Esas personas que venían para pedir dinero han llevado un estilo de vida impropia para su clase social. Son pobres y han vivido como ricos. Es ahora que les viene el problema y por lo tanto deberán asumir la realidad.
- ¿Qué realidad me está hablando?- Preguntó Ula no sabiendo muy bien a lo que se estaba refiriendo con esa última frase.
- En que ellos han vivido en un rodaje de una película americana y ahora se ha acabado el rodaje.
Ula le miraba fijamente y se mordía con fuerza sus labios ya que no podía esperar más la decisión del Señor Monedero de si le concedía el dinero para su tetera, las tazas, el jarro para la leche y el azucaredo. De forma muy cordial para que no se enojase el hombre le preguntó con voz muy silenciosa para no despertar malos augurios.
- ¿Soy apta para que esta entidad financiera me conceda los mil euros?
- Si. Es una gran afortunada. No damos el dinero a cualquiera que suba a esta oficina y nos lo pida.
El señor Monedero sacó de un cajón unas hojas. Unas fueron a parar a las mano de Ula y las otras se las quedaba el hombre. Ula vio que todo el documento estaba escrito con un estilo de letra diminuta que sólo se podía apreciar con lupa. No quiso decir nada por prudencia pero estuvo a punto de quejarse que necesitaba unas gafas de aumento para leer todas las normativas y pactos que había en el contrato.
- ¿Está conforme con todo lo que se dice? Si es así deberá firmar todas las hojas donde aparece su nombre.
El señor Monedero le ofreció un bolígrafo de color azul y acto seguido la chica comenzó a firmar.
El banquero comenzó a reír cerrando los dientes como si fuera un carnicero justo después de haber degollado al vacuno en el matadero. Se acariciaba su enorme barriga como una bolsa rellena de billetes a punto de explotar.
-¿ Qué le pasa?
- Hace más de tres semanas que no he dado dinero. Sólo se lo doy a funcionarios titulares que me aseguren bien que no voy a perder.
- Me podría dar algún documento que certifique que el banco me ha prestado el dinero ya que debo ir a comprar el juego de tetera.
Hubo un silencio intenso.
- Antes deberá ir a un lugar.
- ¿Qué lugar, yo pensaba que estaba todo arreglado y que podía comprar lo que yo quería?
- En este sistema no hay nada gratis, hasta el alma del diablo tiene su precio. Usted cree que le vamos a dar el dinero a cambio de nada. Siempre hay un pequeño sacrificio que usted debe realizar. Debe de ir a esta dirección que le indicaré ahora y allí deberá hacer todo lo que le indique el Señor Mortgage.
Ula caminaba por las calles, casi se podría decir que volaba ya que había arreciado de forma severa el viento. Los árboles arrancados como de una batalla natural estaban cruzados en la aceras al igual que la ropa que estaba tendida en los balcones o en los terrados y habían caído al suelo. Las macetas iban por el cielo al igual que el mobiliario; sillas, mesas o televisiones.
A llegar Ula a la calle Comerç entró en un portal sin luz y subió las escaleras deprisa dejando el aliento detrás como si fuera una carga pesada. Entró en el piso que le había indicado el Señor Monedero. El piso era grande y angosto lleno de pasillos por todos los sitios hasta que descubrió una gran sala donde pudo sentarse tranquilamente en un sillón de terciopelo verde. A su alrededor había como ella, gente de todas las edades que estaban esperando al señor Mortgage.
Ula no sabía que iba a hacer en aquel lugar y que papel en toda aquella historia iba formar aquel señor de apellido tan exótico.
En la sala todos estaban callados y esperaban su turno de forma resignada y paciente. Miraba absorta el minutero del reloj mientras se acariciaba nerviosamente su cuello. Observó que había libros muy antiguos en todas las estanterías que decoraban las paredes del salón. Cogió uno y comenzó a ojearlo. Había ilustraciones de toda clase de tulipanes, bulbos y el coste de éstos que eran desorbitados. Debajo de los dibujos estaba escrito la fecha en que se había pintado. Hacía más de trescientos años. Lo dejo en su sitio y se sentó otra vez en aquel sillón de terciopelo verde. Miraba a todas aquella gente que la rodeaba y que parecían muñecas de cera; blancas. Cuando pasó más tiempo allí sujeta a la espera que vinieran y le explicaran que debía de hacer en aquel lugar, lo que más le sorprendió fue la falta de dientes de todas aquellos individuos.
- La Señora Ula. Ya puede entrar el Señor Mortgage la está esperando en su sala de visitas. – Dijo una muchacha que sonreía con dientes con fundas de oro.
Ula entró sorprendida por aquella escena que no había visto nunca, oro en la boca. Al cerrar la puerta vio por fín al Señor Mortgage.
Su cara alargada de color grisáceo, con ojos de almendra miraban con detenimiento botellas de formol llenas de dientes. Su cuerpo estaba cubierto desde los tobillos hasta el cuello por una bata blanca. Le hacía un aspecto raro y extraño como salido de otro mundo.
- Usted es Ursula. Ya me han avisado la entidad financiera que vendría.- Comentó el hombre mientras se probaba varios guates de látex. Ula se paralizó de horror de los dientes del hombre ya que eran todos colmillos.
Había escogido los guantes apropiados de color rojo y con fuerza abrió la boca de la muchacha para inspeccionar. Hubo un grito de dolor.
- ¡Sumisión! Nadie se queja.- Dijo el hombre de forma loca y con los ojos inyectados de rabia.- Todos se comportan de forma mansa y usted no será la primera que se queje en mi consultorio. Si tiene alguna queja en su casa se desahoga.- Después comenzó a reír de forma descontrolada hasta llegar a un punto que paró y con cara enfadada y seria le ordenó a la chica que se sentara en la única silla que había en la habitación Ésta obedeció.
- No hay anestesia así que notará unos pinchazos continuamente. Por favor como le he dicho antes no empiece a gritar.
El Señor Mortgage sujetó el labio superior de la muchacha y le clavó un aguja. Comenzó a coser con un hilo metálico. Cuando dio tres vueltas se llevó el hilo hasta un gancho que había en la pared. El rostro de Ula se semejaba al padecimiento de una persona que había tenido una embolia o una nefritis. Repitió la misma acción de hilar por varias zonas de labio varias veces llevando el hilo a los pequeños ganchos que había distribuido por toda la estancia. La expresión de Ula era de una sonrisa calavérica, sus labios habían desaparecido por completo.
- Nadie me pregunta como se llaman estos hilos. Y todo en esta vida tiene su nombre.- Le decía el señor Mortgage de forma indignada mientras sacaba de un cajón de madera todo el instrumental odontológico. – Se llaman hilos Farabeuf. La gente se queja que los de nuestro gremio tenemos nuestro argot por decirlo de esta forma. Pero sino tuviéramos un lenguaje propio y unos códigos desconocidos para la mayoría de la gente sería nuestra ruina.
Le puso una cánula en la boca que sustraía toda la saliva e inmediatamente comenzó a inspeccionar con un espejo la dentadura de Ula.
- No he visto algo parecido. No tiene ni una caries.- Sonreía contento con un punto de maldad. – Me indica el burofax de la oficina financiera que le debo de sustraer los dos incisivos superiores. Pero como tiene su boca sana le arrancaré éstos y uno de los caninos para ponérmelo en mi boca. Su esmalte es tan blanco que será un orgullo llevarlo y mostrarlo en público. Me mira con terror o mejor piensa que es una desgracia. Piense que hay gente que le debo de arrancar todo los dientes poco a poco y después si no llegan a lo establecido con el banco debo de comenzar con sus familiares. Usted es una afortunada ya que sólo son tres dientes y ya no me verá jamás – Sonrió - Jamás tampoco lo podemos decir, ya que si pide más dinero a la entidad financiera deberá venir y exponerse otra vez a mis manos.
De repente con un bisturí y un instrumento parecido a unos alicates intentó arrancar los dientes. Ula comenzó a gritar, sus manos a agarrarse fuertemente al cuero negro de la silla y sus ojos miraban a todas partes como si fuera la única vía de expresión que tenía en aquel momento de mutilación de su cuerpo. La sangre roja se esparcía por todas partes. El dolor era insoportable. Y en un arrebato cogió todos los cables metálicos los arranco de la pared llevándose por sí gran parte de carne de su labios. El rojo aumentó sobretodo en la cara del Señor Mortgage que comenzó a gritarle e injuriarle.
Ula comenzó a correr para escapar de aquella sangría
- No hay escapatoria.- Gritaba el hombre con los dos incisivos en la mano.- Aún te falta que me des el colmillo.
Ula bajaba las escaleras tropezándose y agarrándose a la barandilla. La iluminaba bombillas que se apagaban y se encendían. Una voz mecánica y desvirtuada pronunciaba todo el rato:
… El dinero es un acierto
no me vengas con esa mierda de
tonterías …
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