- Relato escrito en 2004 y 2005, este relato y los siguientes que publicaré de esta época se agrupan en Antes que se abra la puerta.
Alicia o Berlín como a ella le gustaba que la llamasen estaba acostada en su cama. Veía con tristeza la grieta que había en el techo. Cada día era más grande y como la boca de un lobo pensaba que un día se la comería y no dejaría rastro de su pobre existencia en aquella mísera casa.
Con sus trece años su cara de nácar que cada día se apagaba como una bombilla, sus mechones que en ese momento acariciaban sus labios que en un pasado fueron de oro se estaban convirtiendo en una espesa masa marrón sin brillo alguno. Sus ojos azules como las aguas de un estanque dorado se estaban transformando en un pantano gris a causa de ver tanta melancolía. La piel de los labios se desfloraba y con sus dientes blancos se las arrancaba entonces pequeñas gotas de sangre brotaban de la heridas que se depositaban en la barbilla. Aún conservaba su piel suave como la piel de un melocotón pero ya se notaba que esa belleza púber pronto se esfumaría.
Se imagina que se tiraba por un acantilado donde le acariciaba con espinas el mar negro. Las olas la engullían como si de una muñeca de trapo se tratase. Los espectros de su infancia la agarraban de los píes para ahogarla en el fondo y profundo de las aguas congeladas su existencia, las manos de su madre alcohólica y de padre maltratador con el sexo femenino la empujaban a ese abismo de nulidad absoluta.
Necesitaba un salvavidas para tanta mediocridad, voces con odio acumulado y tristeza. Necesitaba una escapatoria a su vida. Su existencia se centraba en aquella habitación con esa raja en el techo. Era una prisionera entre paredes de humedad y moho, cucarachas volando entre el colchón viejo y el sonido estrepitoso de la televiones de sus vecinos.
Puso un anuncio en el periódico y enseguida contestaron.
Berlín iba por las calles melancólicamente, se tropezaba con toda la gente que iba a sus trabajos o que paseaba turísticamente en aquel día de invierno frío. Estaba en medio de grandes avenidas repletas de coches, de tiendas con maniquíes vestidos con trajes caros de palomas negras comiendo basura delante de hoteles de lujo.
Entró en un edificio de la Rambla Cataluña. Subió por un ascensor que parecía una caja de cerillas de madera. Tocó el timbre y le abrió un señor de mediana edad con el pelo canoso, de aspecto saludable y elegante. Enjuto casi rozando a una línea hizo pasar a Berlín a su casa. En su boca sujetaba con ansiedad un cigarrillo que desprendía un olor de alquitrán dulzón que inundaba toda la estancia. Tanto uno como el otro no se presentaron. Estaban en el comedor donde el hombre se sentó en un gran sofá antiguo y Berlín se quedó de pie en medio. Veía con celosía esa casa tan espaciosa decorada con buen gusto, en el cual toda las paredes estaba inundadas por estanterías llenas de libros. La niña no se fijaba en el aspecto del hombre, del propietario de todas aquellas maravillas porque era más importante el contenido de la casa que el propio habitante. En cambio el señor sabía que esa muchacha no tenía dieciocho años como quería aparentar, pero le daba igual.
El propietario se desabrochó la bragueta y le mostró a Berlín todo su sexo. Era la primera vez que veía algo parecido aunque no le dio ningún ya que su cabeza tenía un objetivo muy claro; escapar de aquella prisión. Se quitó toda la ropa y se quedó con sus pechos aún no desarrollados a la vista del propietario de todos aquellos libros. Se arrodilló y con su lengua comenzó a lamer el falo erecto desde el tronco hasta la misma punta. Primero de una manera armónica y después frenéticamente hasta que su boca se llenó de una leche espesa, blanca y caliente. El propietario comenzó a jadear como un animal y acariciaba ansiosamente la cabellera de Berlín. Ésta no decía nada y estaba muda ante el hombre. Sabía el papel que estaba realizando en ese teatro y tenía que actuar tal como él quisiera. Ella sabía que le gustaba las niñas cuando más jóvenes mejor, sentir entre las piernas la juventud perdida.
Cuando acabó el servicio el señor propietario de todo lo que veía le dio veinte euros, lo cual Berlín se decepcionó por la escasa cantidad de dinero que le daba, esto fue una experiencia para más adelante , en un futuro debería pedir con antelación la nomina que ella pusiera.
Estaba en su casa sentada en el suelo en una esquina llena de polvo y leía con toda atención el libro que se había comprado con los veinte euros. “Cuentos completos de Chejov”.
En la primera hoja escribió “ He escapado de una celda de locos pero seguramente que he entrado en un mundo dominado por ellos. Sé que no habrá escapatoria pero lo intentaré hasta que me muera para conseguir un trozo de felicidad”. Era su cumpleaños y ese libro era el único regalo que había recibido.
Con sus trece años su cara de nácar que cada día se apagaba como una bombilla, sus mechones que en ese momento acariciaban sus labios que en un pasado fueron de oro se estaban convirtiendo en una espesa masa marrón sin brillo alguno. Sus ojos azules como las aguas de un estanque dorado se estaban transformando en un pantano gris a causa de ver tanta melancolía. La piel de los labios se desfloraba y con sus dientes blancos se las arrancaba entonces pequeñas gotas de sangre brotaban de la heridas que se depositaban en la barbilla. Aún conservaba su piel suave como la piel de un melocotón pero ya se notaba que esa belleza púber pronto se esfumaría.
Se imagina que se tiraba por un acantilado donde le acariciaba con espinas el mar negro. Las olas la engullían como si de una muñeca de trapo se tratase. Los espectros de su infancia la agarraban de los píes para ahogarla en el fondo y profundo de las aguas congeladas su existencia, las manos de su madre alcohólica y de padre maltratador con el sexo femenino la empujaban a ese abismo de nulidad absoluta.
Necesitaba un salvavidas para tanta mediocridad, voces con odio acumulado y tristeza. Necesitaba una escapatoria a su vida. Su existencia se centraba en aquella habitación con esa raja en el techo. Era una prisionera entre paredes de humedad y moho, cucarachas volando entre el colchón viejo y el sonido estrepitoso de la televiones de sus vecinos.
Puso un anuncio en el periódico y enseguida contestaron.
Berlín iba por las calles melancólicamente, se tropezaba con toda la gente que iba a sus trabajos o que paseaba turísticamente en aquel día de invierno frío. Estaba en medio de grandes avenidas repletas de coches, de tiendas con maniquíes vestidos con trajes caros de palomas negras comiendo basura delante de hoteles de lujo.
Entró en un edificio de la Rambla Cataluña. Subió por un ascensor que parecía una caja de cerillas de madera. Tocó el timbre y le abrió un señor de mediana edad con el pelo canoso, de aspecto saludable y elegante. Enjuto casi rozando a una línea hizo pasar a Berlín a su casa. En su boca sujetaba con ansiedad un cigarrillo que desprendía un olor de alquitrán dulzón que inundaba toda la estancia. Tanto uno como el otro no se presentaron. Estaban en el comedor donde el hombre se sentó en un gran sofá antiguo y Berlín se quedó de pie en medio. Veía con celosía esa casa tan espaciosa decorada con buen gusto, en el cual toda las paredes estaba inundadas por estanterías llenas de libros. La niña no se fijaba en el aspecto del hombre, del propietario de todas aquellas maravillas porque era más importante el contenido de la casa que el propio habitante. En cambio el señor sabía que esa muchacha no tenía dieciocho años como quería aparentar, pero le daba igual.
El propietario se desabrochó la bragueta y le mostró a Berlín todo su sexo. Era la primera vez que veía algo parecido aunque no le dio ningún ya que su cabeza tenía un objetivo muy claro; escapar de aquella prisión. Se quitó toda la ropa y se quedó con sus pechos aún no desarrollados a la vista del propietario de todos aquellos libros. Se arrodilló y con su lengua comenzó a lamer el falo erecto desde el tronco hasta la misma punta. Primero de una manera armónica y después frenéticamente hasta que su boca se llenó de una leche espesa, blanca y caliente. El propietario comenzó a jadear como un animal y acariciaba ansiosamente la cabellera de Berlín. Ésta no decía nada y estaba muda ante el hombre. Sabía el papel que estaba realizando en ese teatro y tenía que actuar tal como él quisiera. Ella sabía que le gustaba las niñas cuando más jóvenes mejor, sentir entre las piernas la juventud perdida.
Cuando acabó el servicio el señor propietario de todo lo que veía le dio veinte euros, lo cual Berlín se decepcionó por la escasa cantidad de dinero que le daba, esto fue una experiencia para más adelante , en un futuro debería pedir con antelación la nomina que ella pusiera.
Estaba en su casa sentada en el suelo en una esquina llena de polvo y leía con toda atención el libro que se había comprado con los veinte euros. “Cuentos completos de Chejov”.
En la primera hoja escribió “ He escapado de una celda de locos pero seguramente que he entrado en un mundo dominado por ellos. Sé que no habrá escapatoria pero lo intentaré hasta que me muera para conseguir un trozo de felicidad”. Era su cumpleaños y ese libro era el único regalo que había recibido.
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