viernes, 19 de junio de 2009

ERASE

Hacía días que mis sueños eran desiertos emocionales y estériles, fantasías en las noches más profundas. La culpa eran los ansiolíticos que eran verdaderas cadenas de somnolencias donde pasaba las horas durmiendo como un esclavo de Hipnos; dios de los sueños.
La tristeza se apoderaba todos los días un poco más de mi vida. Últimamente observaba en el balcón la vida en la calle como fluía, los rascacielos como se levantaban hasta el cielo azul, nubes de gaviotas volando, ciclistas cruzando el paso de cebra en la esquina de mi edifico … Mirando a través del cristal una cierta melancolía se apoderaba de mi cuerpo ya que estaba atrapado en el tiempo y en mi rutina. Deseaba estar en ese tejido urbano o mejor más allá de la ciudad donde el límite ya se difumina y empieza el jardín escondido de pinos. Pero no podía, un cansancio en mi ser continuamente se apoderaba hasta llegar hasta la extenuación.
Eran las diez de un domingo de febrero. Aunque cuando uno está sin trabajo cualquier día es domingo, perdiéndose en la noción del tiempo y en el minutero del reloj. Mi cuerpo estaba cubierto por el inmenso edredón blanco. Mis ojos verdes estaban abiertos mirando el techo. El sol se apoderaba de toda la habitación formando un decorado dorado y decadente donde era imposible que mi ser se pudiera levantar y comenzar a vivir la rutina. Me era imposible levantarme de mi cama y luchar otro día. Quería estar para siempre sepultado como una estatua de mármol debajo del calor del edredón y mi cabeza cómodamente apoyada en la almohada eternamente como si yo fuera algo inerte. No podía salir de mi escondite y vivir la dura realidad en aquel día tan luminoso donde el sol se había amplificado hasta adueñarse del último rincón de la habitación.
Mágicamente el sol despareció y mi habitación se convirtió en una verdadera estampa gris. Me levanté y me preparé un té mientras de fondo la televisión hablaban de economía, de cifras de precios, de producción, de recesión, de hipotecas.
Apagué radicalmente de mal humor la televisión, ya que no deseaba contemplar la música que cada día estaba escuchando.
Hacía una semana que ya no cobraba el subsidio de desempleo y los trabajos ofrecidos no podían costear el alquiler del piso.
- Como puedo vivir con un día con sol si soy un muerto que vive casi constantemente en la cama.
En mis labios sujetaba un cigarro sin encender mientras me acordaba de Marta. Un suspiro de tristeza me invadió mi rostro. Fui a un cajón a sacar el portátil blanco y lo conecté. Enseguida encontré la carpeta donde estaba las fotos de aquella excursión que hice con ella cuando éramos pareja.
Había ciento de fotos de ella y de mí entre el centeno moldeado por el aire de primavera, por una brisa suave que traía consigo una ligera lluvia. Me acuerdo perfectamente que empezamos a correr por el bosque repleto de hojas de un verde fluorescente recién nacidas. El olor a musgo era tan penetrante que aunque no quisiéramos se impregnaba por todo nuestra piel. Las gotas bombardeaban cada vez más y nosotros corríamos a un lugar seguro a refugiarnos. La casa de madera roja abandonada en el campo. Allí pasamos más de tres horas. No hicimos el amor apasionadamente como una historia romántica de Hollywood, sino que nos quedamos observando detrás de los cristales de las ventanas como la tormenta arreciaba y después se apaciguaba. Sólo hubo abrazos y algún que otro beso discreto hasta que nos dimos cuenta que el cielo estaba ya raso, donde el sol brillaba con toda la fuerza sobre la naturaleza y sobre nuestros rostros. Al salir de la casa roja comenzamos a hacer fotos. Proseguimos el largo camino del bosque lleno de árboles grandes y altos que casi eran brazos que tocaban con sus ramas el cielo azul eléctrico. En todo el camino Marta y yo no iniciamos una conversación, sólo nos acompañaba el sonido del viento en el cual las ramas y las hojas se frotaban formando la única banda sonora de nuestra excursión. Al finalizar Marta me abrazó fuertemente como jamás lo hizo.
Para mí fue uno de los días más felices de mi vida, un suspiro de tranquilidad y de armonía entre la naturaleza y yo, entre Marta y yo, entre yo y yo mismo.
Al mes un giro inesperado en Marta hizo que nuestra relación acabase amistosamente. Ella escapó de mí y se marchó a vivir con su abuela a Madrid. Escapó como ella bien argumentaba de las falsas promesas de eternidad que nuestra relación le daba. Quería escapar de la muerte anunciada de nuestro amor y soñar en lo permanente en otra ciudad, en otras calles, con otra gente y con otra vida.
Estaba perdido entre las fotos digitales soñando y recordando aquel día. Mis dedos daban al botón blanco, pasándolas detenidamente hasta que una desagradable ventana surgió en la pantalla de mi portátil. Se había borrado todas las fotos de aquella excursión por el bosque, aquellas de la casa de madera roja habían desaparecido. De forma descuidada mi dedo tocó una tecla y de allí al olvido y a la desaparición de todas las imágenes, de todo el tiempo retenido. Comencé a buscar en el disco duro si se habían salvado pero como en un naufragio se habían inundado en el fondo de una marea negra. Ya sólo quedaban mis recuerdos.
Tragué de forma forzosa saliva con sabor a bilis y a tabaco mezclado. Con mal humor cerré el portátil casi rompiéndolo. Allí estaba encima de la mesa la máquina blanca que me había quitado las fotografías para siempre, y en el cual estaba condenado a recordar hasta la muerte la casa de madera roja y el bosque de la excursión con Marta. Pero sabía a ciencia cierta que poco a poco esas imágenes irían desdibujándose hasta llegar a un punto de olvido donde todo estaría lleno de niebla y telarañas. Al pasar los años y las décadas esas imágenes llegarían a ser confundidas con otros recuerdos de Marta.
Miraba el cielo cubierto de nubes y me acariciaba de forma obsesiva la barba de tres días.
Quería recuperar las imágenes. Encendí de nuevo el ordenador y me conecté a internet para enviarle a Marta un e-mail. Era verdaderamente doloroso dirigirle algunas palabras. Desde nuestra separación no nos habíamos dicho nada y era frustrante pedirle unas fotos después de la ruptura.
Sentado delante del portátil empecé a teclear todo lo más rápido, sin pensar en lo que escribía, como siempre cometiendo faltas ortográficas cada tres palabras, el léxico no existía y expresándome con símbolos inapropiados formando un idioma ininteligible y fue en ese momento cuando mi manos se paralizaron y mi mirada se congeló en lo que escribía. Frases vacías, asépticas, sin sentimientos, aceleradas que se iban al mundo de la red para que Marta lo leyera lo más rápidamente y en unos días me enviara aquellas fotos que yo había borrado. Eliminado.
-¡Qué forma más torpe de entrar otra vez en su vida!
Me levanté y miré a la ventana y tuve la idea de escribirle una carta, en coger un bolígrafo y papel. Quería expresar todos mis sentimientos sin miedos, con todo el tiempo que desease, en mimar la carta tantas veces que quisiera, corregirla y releerla, y después enviarla. Era una idea descabellada una idea que me excitó. Hacía tanto tiempo que no escribía una.
Me senté y comencé a escribir.

“Querida Marta:
Hoy me ha pasado un desagradable hecho; he borrado las fotos de aquella excursión tan romántica en el bosque donde había una casa de madera roja. Si eres tan amable podrías enviarme copias.
Además todos estas semanas de ausencia he estado pensando mucho en nuestra relación.
Tu huída a Madrid porque lo nuestro no era eterno, me ha hecho reflexionar que nos sujetamos con hilos de papel que de un momento a otro se pueden romper. Somos muñecos de paja que estamos expuestos a las llamas. El amor ya no es como lo narraba Shakespeare, ni los trabajos son para siempre, ni los trajes son tan buenos que duraban temporadas y temporadas como nos explicaban nuestros padres o nuestras abuelas, los nuevos edificios de cristal y de ladrillo se pueden derribar sólo con una cálida brisa marina … hasta las fotos están compuestas por dígitos que en un momento dado pueden desparecer de tu ordenador para toda la vida.
A lo mejor porque nos hemos acostumbrado a lo fácil y a lo cómodo. Y es la hora de ir otra vez por el camino de recuperar la esencia de lo romántico, no descartando la sencillez de la nueva era.
Pensarás mientras estás leyendo estas frases que estás ante un verdadero loco. No es así. Me impresiona muchas veces que me haya olvidado por completo como es tu letra. Como haces las des o las tes; si son tan alargadas como los campanarios de la iglesias, si tus vocales son redondas como el algodón. Si tus frases son caminos tristes que van en dirección hacia abajo o hacia arriba como el vuelo de los pájaros.
La banda sonora de nuestra vida no puede ser tan fría salida de maquinas de alta tecnología, debemos escapar a un mundo donde los sentimientos sean más fuertes y sinceros. Donde nuestra banda sonora surja de los vinilos formado de microsurcos como nuestra arrugas por el paso del tiempo. Un sonido como tus frases; vivo.
Sólo en un mundo orgánico podremos durar.
Escapaste a Madrid porque lo eterno ya no existe, porque el amor desaparece de nuestras vidas. Pero recuperando aquellos momentos románticos las hojas caducas siempre son verdes y podemos huir de la frustración del tiempo monótono con fechas de caducidad donde a la larga se borra la música, las fotos, los recuerdos de nuestro ordenador. Huyendo por el camino de la imaginación podremos salvar nuestra relación.

Tu Compañero.

P.D: No te descuides de ver la retrospectiva que realizan del pintor Francis Bacon en el Museo del Prado. Es única. Sería una lástima que no pudieras contemplar la expresión de sufrimiento de este pintor y por causa de las prisas sólo lo pudieras ver sus cuadros en una simple imagen en internet.”

Me levanté contento después de escribir la carta. Busqué por toda la casa si tenía algún sobre para guardar la hoja. Debajo de una antigua guía de teléfonos había un sobre de color amarillo por el paso del tiempo. Mi lengua punteó la solapa de la carta para cerrarla. Después delicadamente me dediqué a apuntar mi dirección y la de ella. El sello lo compraría al día siguiente.
Me levanté y me fui otra vez a la ventana y observé el paisaje de la ciudad. Un paisaje lleno de grúas donde se estaban levantando a lado de la Plaza de las Glorias edificios y más edificios vacíos, sin vida. Coches en circulación que no iban a ninguna parte y que teñían el cielo de un velo gris. Bajé la mirada y por el carril bici una chica mulata circulaba con su bicicleta, con sus auriculares y su i-pod. Cantaba alguna canción de moda y efímera.
En toda la carta sólo había dicho una verdad; ninguna cosa era para siempre y la relación entre Marta y yo al igual que las fotos de la excursión de la casa de madera roja en medio del bosque estaban condenadas a borrarse y así comenzar otra vez otra nueva relación.
En realidad la salida fue romper la carta en mil pedazos y esparcirla como una nube de confetis para que se lo llevase el viento contaminado de la moderna ciudad.


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