Foto de David Hernandez
El mundo salvaje de los sueños se mezclaba sin compasión con la fría y rutinaria realidad.
A menudo caminaba tranquilamente sin rumbo alguno y entraba en algún museo de la isla o en alguna galería de arte moderno y me quedaba embelesada ante un cuadro o leía sin parar algún libro clásico en alguna cafetería lo más lejos posible de casa, pasando las horas sin darme cuenta. Aquella tarde paseé por el barrio de Mitte precisamente por Tucholskystrasse y me topé con una galería con el rótulo en inglés; “Pool Gallery”. Entré a curiosear. La exposición era sobre retratos de rostros de adolescentes japonesas, cuadros hechos en tinta china y bolígrafo con un resultado semejante a los graffitis y stickers que se podían ver en las paredes de Berlín pero en este caso en papel bien enmarcado. Me entusiasmó los colores, la forma y sobretodo su simplicidad. Cuando miré el móvil y vi lo tarde que era intenté marcharme sin darme cuenta que hacía bastante rato una chica de rostro oriental me estaba explicando en un perfecto inglés sus cuadros. Salí sin despedirme de ella y fui directa al metro.
El piso estaba dentro de la oscuridad y él, mi compañero, aún no había llegado. Sólo presenciaba los ojos verdes fluorescentes de Blue Cherry, la gata que nos había dejado por una larga temporada nuestra vecina Veronika. Encendí las luces y me preparé un té rojo. La música de la sinfonía quinta de Schubert, el humo de la taza y alguna vela que había encendido en el comedor formaban un espectáculo agradable, dulce, plenamente de ensueño invernal. Miraba atentamente la sombra de la gata como se acercaba hasta que saltó a la mesa y tiró la taza de té y las velas por el suelo. Su cuerpo se erizó enseñando todos sus dientes. Bufaba como el viento que trae tormenta. Mi mano quería acariciarlo y fue entonces cuando se abalanzó hacia mi cara arañándola. Corrí asustada hacía la puerta y bajé a la calle donde ya era fría noche y mi sombra aumentaba en las paredes de la ciudad.
A menudo caminaba tranquilamente sin rumbo alguno y entraba en algún museo de la isla o en alguna galería de arte moderno y me quedaba embelesada ante un cuadro o leía sin parar algún libro clásico en alguna cafetería lo más lejos posible de casa, pasando las horas sin darme cuenta. Aquella tarde paseé por el barrio de Mitte precisamente por Tucholskystrasse y me topé con una galería con el rótulo en inglés; “Pool Gallery”. Entré a curiosear. La exposición era sobre retratos de rostros de adolescentes japonesas, cuadros hechos en tinta china y bolígrafo con un resultado semejante a los graffitis y stickers que se podían ver en las paredes de Berlín pero en este caso en papel bien enmarcado. Me entusiasmó los colores, la forma y sobretodo su simplicidad. Cuando miré el móvil y vi lo tarde que era intenté marcharme sin darme cuenta que hacía bastante rato una chica de rostro oriental me estaba explicando en un perfecto inglés sus cuadros. Salí sin despedirme de ella y fui directa al metro.
El piso estaba dentro de la oscuridad y él, mi compañero, aún no había llegado. Sólo presenciaba los ojos verdes fluorescentes de Blue Cherry, la gata que nos había dejado por una larga temporada nuestra vecina Veronika. Encendí las luces y me preparé un té rojo. La música de la sinfonía quinta de Schubert, el humo de la taza y alguna vela que había encendido en el comedor formaban un espectáculo agradable, dulce, plenamente de ensueño invernal. Miraba atentamente la sombra de la gata como se acercaba hasta que saltó a la mesa y tiró la taza de té y las velas por el suelo. Su cuerpo se erizó enseñando todos sus dientes. Bufaba como el viento que trae tormenta. Mi mano quería acariciarlo y fue entonces cuando se abalanzó hacia mi cara arañándola. Corrí asustada hacía la puerta y bajé a la calle donde ya era fría noche y mi sombra aumentaba en las paredes de la ciudad.